KEEP CALM! Cuando los hijos nos sacan de quicio.

A menudo los niños, tanto si tienen TDAH como si no, pueden llegar a ser especialistas en ponernos al límite y sacarnos de nuestras casillas, haciendo lo más inoportuno y en el momento más inadecuado. Parece que lo hagan adrede para llevarnos al límite de nuestra paciencia. ¿Están simplemente intentando salirse con la suya? ¿Nos están probando? ¿Por qué no obedecen nunca a la primera? ¿Tenemos que llegar a gritos y enfados para conseguir algo tan simple como cumplir unos hábitos diarios?

Cuando el día a día nos desborda

Para muchos padres y madres, conseguir algo tan sencillo como que sus hijos se levanten por la mañana puede llegar a ser una batalla campal. Para otros, y dependiendo de las edades, la batalla es a la hora de acostarse, o de comer, o lavarse los dientes, o de arrancarlo de delante del televisor, o de hacer los deberes o la hora de volver a casa después de salir con los amigos.
Establecer una rutina, unos hábitos y unos límites supone crear un entorno ordenado que los niños necesitan. Y lo necesitan tanto como el cariño y el afecto que les podamos dar. Ese entorno familiar es su primer marco de referencia a todos niveles en los primeros años de vida y durante toda la infancia.
Ocurre a menudo que los padres y madres, aun queriendo educar bien a sus hijos, se sienten completamente desbordados en esta tarea. Tienen la sensación de estar en una noria que no para nunca y que va a gran velocidad. No solo es atender a las necesidades de sus hijos, sino también a sus obligaciones laborales, al funcionamiento de la casa y a las mil ocupaciones y preocupaciones que van saliendo en el día a día. A veces, llegamos corriendo del trabajo a casa, extenuados, habiendo pasado por el súper, por la farmacia y por la tintorería en una carrera infernal a contrarreloj. Llegamos a casa con ganas de ver a nuestros hijos, y…. ¡A los dos minutos, y casi sin saber cómo, ya se ha montado un pollo tremendo! El hijo llora, grita y patalea y nosotros acabamos riñendo, gritando, amenazando y castigando. Y por supuesto, acabamos también agotados y, lo peor, con un hondo sentimiento de culpabilidad. ¿Qué estoy haciendo mal? ¿Es esto normal? ¿Soy yo, o son ellos? ¿Me estoy pasando de duro/a? ¿O soy demasiado blando/a? Si esto es ahora así… ¿qué me espera dentro de unos años?… Y un sinfín de preguntas que, lejos de solucionar la situación, solo generan angustia y más incertidumbre.

¿Soy un bicho raro?

Padre, madre, si te ocurre algo de lo anterior, no eres un bicho raro. Sucede en todas las familias, hasta en aquellas que parecen modélicas o que presumen de ello. No hay padres perfectos, ni hijos perfectos.
La diferencia está en la frecuencia de estos episodios y en la gestión de los propios conflictos. Hay quién los gestiona mejor y hay quién los gestiona peor (también es cierto que hay niños más fáciles de llevar que otros, aunque eso no es ahora el tema de este post). Así que, keep calm, tranquilidad ante todo. No vale ni tirar la toalla, ni hundirse en la desesperación. Nadie nos enseña a ser padres o madres. Y menos todavía, padres y madres de niños con problemas.
Gestionar las crisis mejor o peor no significa solo obtener mejores o peores resultados en la respuesta que esperamos de los hijos, sino también ser capaces de valorar nuestra propia respuesta como padres. Debemos preguntarnos: “¿cómo me quedo yo después de uno de estos episodios?”. Vale la pena que nos paremos a “escuchar” nuestro corazón, que será un buen termómetro, indicador de cómo estamos gestionando emocionalmente la situación.

¿Qué está en juego?

Cuando estos episodios son aislados y no van a más, podemos pensar que hasta cierto punto entran dentro de la normalidad. Ahora bien, cuando las rabietas y las pataletas de los niños se producen con mucha frecuencia; cuando los padres pierden a menudo los papeles y acaban gritando y castigando; cuando la comunicación entre padres e hijos acaba reducida a regañinas, órdenes o reproches mutuos… Cuando ocurre todo esto, significa que algo no está funcionando como debiera. Y ahí sí que debemos tener mucho cuidado.
¿Por qué? Porque nos estamos jugando algo muy serio. No solo se trata del desarrollo emocional del niño, de su personalidad, de su autoestima, de su manera de relacionarse con el mundo, sino que también nos estamos jugando algo que nos puede llegar a pasar factura más adelante, cuando los hijos lleguen a la pubertad y a la adolescencia: nuestros lazos afectivos con ellos. Si no hemos sentado unas sólidas bases de relación y comunicación efectivas y afectivas en la infancia, lo vamos a tener complicado en el futuro. La adolescencia es la edad de la rebeldía por naturaleza.

El conflicto, oportunidad de aprendizaje

No olvidemos además, especialmente en la primera infancia, que los padres somos un modelo para nuestros hijos y que los niños aprenden por imitación. Si no les respetamos, no esperemos que nos respeten. Si no les escuchamos, no esperemos que nos escuchen. Si no les ponemos límites, no esperemos que cumplan normas, ni hoy en casa, ni el día de mañana en sociedad. Si les manipulamos, aprenderán a chantajearnos. Etc. Etc. Y todo eso estallará como una bomba en la adolescencia, cuando ya sea demasiado tarde para ponerle remedio.
De ahí la necesidad de buscar soluciones (que las hay) para minimizar estas situaciones de conflicto y, cuando se den, convertirlas en oportunidades de aprendizaje, tanto para los hijos como para los padres. Solo así evitaremos que se cronifiquen en el tiempo y acaben por convertirse en la manera habitual de relacionarse en el hogar. Y ese es el mayor peligro: acabar asumiendo que esa relación tóxica es la “normal” en el seno familiar.

Entonces, ¿qué hacer?

Puedes no hacer nada y achacar la culpa de todo a tus hijos. No es una opció recomendable, por supuesto. El sentido común ya nos dice que, de no hacer nada, no solo no van a desaparecer los problemas sino que aumentaran en frecuencia y en intensidad.

  • Lo primero que hay que hacer es quitarse de encima culpabilidades, que no responsabilidades.
  • Lo segundo, es dejar de lamentarse y de lamerse las heridas.  Preguntarse y exclamarse “¿Por qué me tiene que ocurrir esto precisamente a mí?”, no lleva a ningún lado más que a generar y perpetuar sufrimiento gratuito e innecesario.
  • Y lo tercero es pasar a la acción; es decir, buscar soluciones.

Buscar soluciones implica hacer un ejercicio de humildad, de autocrítica y de reflexión profunda. Y, si es necesario, pedir ayuda.
La mayoría de los padres y madres, la ayuda que necesitan son herramientas de manejo para la educación de sus hijos, para cambiar algunas actitudes y hábitos en su relación con ellos. Pero… cuidado, que esto no es un manual de bricolaje o una receta de cocina, porque muchas veces, sus necesidades (incluso aunque los propios padres no lo sepan), van mucho más allá de unos buenos consejos. Porque un consejo lo pueden aplicar un día y les puede dar resultado. Sin embargo, la educación de los hijos no es tarea de un día, sino de un día tras otro, y a lo largo de muchos años. Y eso requiere tener la cabeza muy bien colocada sobre los hombros.
Por eso, lo que muchos padres necesitan no es solo cambiar hábitos en la relación con sus hijos, sino también cambiar ellos mismos. Y solo cuando hayan realizado e interiorizado cambios en sí mismos, estarán en condiciones óptimas de revertirlo en sus hijos. Nadie puede dar aquello que no tiene. Por ejemplo, si yo como padre o madre no sé controlar mi ira, no podré enseñarle a mi hijo a hacerlo (y menos todavía se lo podré exigir). Solo a partir de un cambio real en su interior, podrán estos padres enfrentarse con éxito a uno de los mayores retos que puede tener una persona: la responsabilidad de educar a unos hijos, desde el amor, la dignidad y el respeto.

¿Quieres resultados distintos?

Tanto si los padres necesitan tener herramientas de manejo en situaciones de crisis, como si quieren ir más allá y realizar cambios más profundos en sí mismos, hay que tener claro que eso no se consigue de un día para otro. No solo se trata solo de buscar información en un manual o de pedir puntualmente asesoramiento. Se trata de ser capaz de gestionar de manera más eficaz TODAS las situaciones de conflicto que se presenten.
Si lo que pretendes es cambiar la relación con tus hijos, asume que se requiere entrenamiento y práctica. Y para ello, hay que tener una voluntad real de cambio. No te voy a engañar diciéndote que sea una tarea fácil. Sin embargo, por mi propia experiencia y la de las familias que acuden a mi consulta de Coaching, sí puedo decir que, sin duda, el cambio es posible.
Como decía Einstein: si quieres resultados distintos, no sigas haciendo las cosas de la misma manera que las has hecho siempre. Pregúntate:

  • ¿A dónde me llevará seguir como hasta ahora?
  • ¿Es eso realmente lo que quiero?

Las respuestas te ayudarán a valorar si vale la pena o no realizar cambios que, por otra parte, no solo te van a hacer mejor padre, sino mejor persona. Te desempeñarás mejor en tu papel de educador en el seno familiar, pero sin duda, mejorará tu desempeño en todos los ámbitos de tu vida.

Inciso 

Si quieres profundizar más en el tema de este artículo, si quieres saber cómo mantener la calma ante los conflictos con tus hijos, ven a nuestro próximo taller presencial, en Barcelona, el sábado 20 de octubre:

KEEP CALM! Qué hacer cuando los hijos nos sacan de quicio

Te llevarás herramientas para:

  • Mantener la calma en situaciones de crisis
  • Rebajar la frecuencia y la intensidad de dichas situaciones
  • Conseguir que tus hijos te escuchen
  • Sentir que tienes las riendas de la educación de tus hijos.
  • Saber cómo iniciar un proceso de cambio en tu relación con tus hijos

Coméntanos tu experiencia

Nos encantará leer tus comentarios, preguntas o dudas. Además, nos pueden servir elaborar futuros artículos en los que podrás encontrar respuestas.    

Como Coach, como Pedagoga y como madre, os deseo lo mejor.

Nos “vemos” en el próximo GUIÑO. guiño de Coaching para TDAH ¡Sed felices!

Elena O’Callaghan Duch


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